El Akallabêth, el diálogo de Timeo y Critias y el Génesis 19

Cuenta el Akallabêth que Ilúvatar recompensó el valor de los hombres por su participación en la Gran Batalla o Guerra del Cólera. Tras el derrocamiento de Morgoth y la destrucción de Thangorodrim y Angband, la paz volvió a Beleriand. Los Edain, única tribu de los hombres que lucharon en el bando de los Valar, fueron guiados por Ilúvatar a través del mar hasta una isla donde Rothinzil brillaba como en ningún otro lugar. Esta ínsula tuvo muchos nombres en la Segundad Edad del Sol: Andor, la Tierra del Don, Elenna (“Hacia las Estrellas”) o Anadûnê (“Promotorio del Occidente”) Su nombre en Alto Sindarín es el más conocido: Númenórë.

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Mapa de Númenor, por gwendir (DevianArt)

La civilización númenóreana floreció en los primeros siglos de su historia. Fueron grandes marineros, cuyos barcos cruzaban el ancho y largo mar del este. Nacidos entre la paz y maestros de la ciencia; grandes sabios e intelectuales se forjaron entre ellos. El reino brillaba como las estrellas en su momento de máximo apogeo. Pero la historia de los númenóreanos es una balada triste.

Tras la magnificencia de Númenor, el reino inició una decadencia moral y política debido a la codicia y ambición de los hombres. Siglo tras siglo, sus reyes fueron corrompiéndose. El miedo a la muerte era cada vez mayor; los sabios se preocupaban más en alargar la vida que en vivirla. Es en este contexto de debilidad mental de los hombres cuando Sauron, servidor de Morgoth, corrompe a los númenóreanos para que renieguen de Ilúvatar y declaren la guerra a los Valar. Los hombres llegaron a tal nivel de corrupción moral que la isla fue sepultada bajo el mar:

  • Ilúvatar mostró su poder, y cambió la forma del mundo; y un enorme abismo se abrió en el mar […] las aguas se precipitaron por él, y el ruido y los vapores de las cataratas subieron al cielo […] y todas las flotas de los númenóreanos se hundieron […]”
  • Y Andor, la Tierra del Don, Númenor de los Reyes, Elenna de la Estrella de Eärendil, fue detruida por completo […] Entonces, un fuego súbito irrumpió desde el Meneltarma, y sopló un viento poderoso, y hubo un tumulto en la tierra, y el cielo giró, y las colinas se deslizaron, y Númenor se hundió en el mar
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“The Fall of Númenor” del ilustrador John Howe

La historia de la caída de Númenor tiene varios paralelismos con el mito de la Atlántida de Platón. El relato de la Atlántida, narrado en los diálogos de Timeo y Critias, sirve para explicar la filosofía política platónica y el proceso de degradación que sufren todos los estados: la idea del “buen gobierno” reside en el plano metafísico, siendo la decadencia moral de los gobiernos algo inevitable per se.

La Atlántida, al igual que Númenor, es una isla en mitad del océano, hogar de una civilización que goza de gran sabiduría y poder. Aunque por distintas causas, ambas culturas acaban corrompiéndose y desencadenando la ira de los dioses (Poseidón en el caso atlante, Ilúvatar en el númenóreano) que conllevará la destrucción de sus respectivas civilizaciones.

También podemos rastrear la influencia bíblica en el Akallabêth. Antes de la destrucción de Númenor, unos pocos aún fieles a los Valar y buenos de corazón escaparon hacia el este navegando por el mar:

  • Eran nueve los barcos: cuatro para Elendil, y tres para Isildur, y dos para Anárion; y huyeron de la negra tempestad, desde el crepúsculo de la condenación a la oscuridad del mundo

Esta historia recuerda mucho a la huída de Lot antes de la destrucción de Sodoma:

  • El Sol salía sobre la tierra cuando Lot llegó a Zoar. Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos” Génesis 19: 23-24
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“Lot y sus hijas” de Lucas van Leyden

Como hemos dicho en artículos anteriores, Tolkien renueva y adapta los mitos clásicos . Recoge la historia de la destrucción de Sodoma y de la Atlántida, creando una nueva crónica histórica de su legendarium: el Akallabêth. Tolkien fue un indiscutible genio. Sin embargo, hay que admitir que sin el Antiguo Testamento y sin los diálogos de Timeo y Critias, no existiría la historia de la caída Númenor.

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Dagor Dagorath I. El Apocalipsis de San Juan.

La historia creada por Tolkien tiene, como todo buen relato, un buen final. Este se llama Dagor Dagorath, que en élfico quiere decir “la batalla de las batallas” y cuenta como finalizará el mundo de Arda. El nombre de la misma hace digna mención del suceso; será la mayor de las batallas que la tierra haya conocido, donde participarán todos los grandes guerreros -ya sean de la Primera, Segunda o Tercera Edad del Sol, o incluso de la Edad de los Árboles-. Valar, maiar, elfos, enanos, hombres y todo tipo de criaturas de la luz se batiran en una lucha hasta le exterminación total contra los seres de la sombra: orcos, trasgos, goblins, trolls, balrogs, dragones y, como no podía ser de otra forma, Morgoth y Sauron. En definitiva, el peculiar fin del mundo de Tolkien no es tan peculiar. La Dagor Dagorath, narrada en el Silmarillion, bebe del Apocalipsis de San Juan y del Ragnarök.

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Eonwë, Tulkas y Turin en la Dagor Dagorath. Ilustración de ivanalekseich en DevianArt

El Apocalipsis de San Juan es un texto canónico de la Iglesia Católica Romana y de muchas congregraciones protestantes (sin embargo, no es el único texto cristiano apocalíptico que hay) que narra la historia del fin del mundo. Según el relato bíblico, se desarrollará una batalla del bien contra el mal, donde participarán una serie de fuerzas demoníacas:

  • Apareció en el cielo otra señal, y vi un gran dragón de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre las cabezas siete coronas” Apocalipsis 12:3
  • Vi cómo salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemias. Era la bestia que yo vi semejante a una pantera, y sus pies eran como de oso, y su boca como la de un león. Diole el dragón su poder, su trono y una autoridad muy grande” Apocalipsis 13:1-2

Y contra las fuerzas de la oscuridad, se enfrentarán las fuerzas del bien:

  • Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón, y peleó el dragón y sus ángeles […]” Apocalipsis 12:7
  • Un ángel poderoso levantó una piedra como una rueda grande de molino y la arrojó al mar, diciendo: Con tal ímpetu será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y no será hallada” Apocalipsis, 18:21
  • “Le siguen los ejércitos celestes sobre caballos blancos, vestidos de lino blanco, puro” Apocalipsis, 19:14

Acabando en una victoria total:

  • Los cobardes, los infieles, los abominables [..] todos tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte” Apocalipsis 21:8

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    San Miguel, Príncipe de las Milicias Celestiales. Basílica de la Merced, Barcelona

La historia del Apocalipsis de San Juan es la historia de una batalla milenaria donde dos fuerzas opuestas combatirán hasta el triunfo final de Dios y su hijo el cordero -Jesucristo- y la creación de la Nueva Jerusalén. Es una historia predestinada, donde se conoce lo que ocurrirá, quién se enfrentará a quién y como acabará. La Dagor Dagorath también es una historia predeterminada, donde se conoce a la perfección el destino de cada uno de sus actores. Ëarendil es la figura mesiánica del relato tolkiano, donde al igual que Jesucristo, tiene una parusía o Segunda Venida para combatir a las fuerzas del mal (recordamos que tras la huída de Ëarendil y Elwing al oeste, alcanzaron el cielo en forma de estrellas) Tulkas, el valar que se enfrenta a Morgoth hasta la devastación es la figura del Arcángel Miguel, que luchará contra el dragón pero no logrará matarlo.

Muy interesante es la figura de Turín Turambar, que aún siendo humano, mata a Morgoth como venganza de la desgracia familiar que le hizo sufrir el malvado valar. Este personaje estaría inspirado más en los dioses nórdicos -por temas de la venganza y el honor- que por personajes bíblicos. Finalmente, el profeta Mandos que presagia la Dagor Dagorath es equiparable a la figura de San Juan, dando ambos una descripción de cómo será el fin del mundo. Tanto la Biblia como el universo Tolkien tienen un principio y un final: el Génesis/Ainulindalë y el Apocalipsis/Dagor Dagorath. Son concepciones lineales de la historia.

Próxima entrada: Dagor Dagorath II. El Ragnarök.

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La creación de Arda: entre la Biblia, el Ainulindalë y el Valaquenta

Si por algo es conocido Tolkien, es por ser uno de los genios de la literatura del s.XX. Al igual que Lovecraft con el terror cósmico, hizo lo propio con el género fantástico. Revolucionó los modelos que existían hasta ese momento, llegando a crear lo que algunos consideran un género propio: la Alta Fantasía.

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Es en el Silmarillion (publicado por su hijo a título póstumo en 1977) donde se desarrollan las verdaderas bases históricas y mitológicas del universo de Tolkien: de la creación de Arda hasta la Caída de Númenor, pasando por el Hado de los Noldor y las guerras de la Primera Edad del Sol. Lo que no es tan conocido es la influencia del imaginario cristiano en el autor, de confesión católica. Fuera consciente o no de este hecho, podemos rastrear y establecer paralelismos entre la historia bíblica y toda la obra de Tolkien. En esta entrada hablaremos de la influencia mitológica del cristianismo en dos partes del Silmarillion: el Ainulindalë y el Valaquenta.

Según las religiones abrahámicas, la creación del mundo tiene lugar gracias al pensamiento y voluntad de un ser divino todopoderoso e inmortal. En la tradición judía es llamado YHWH; Deus (latinización del Zeus griego) en la cristiana, Allah en la musulmana y Eru/Ilúvatar, en la tolkiana. Aquí podemos ver las comparaciones con la Biblia:

En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar” (Ainulindalë)

Al principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1)

Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1)

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En ambas mitologías, hay un dios primigenio que ordena el mundo a voluntad. Ilúvatar es la figura tolkiana del Dios cristiano, creador de los ángeles, llamados Ainur: “primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa”.

La tradición cristiana jerarquiza los ángeles en órdenes, siendo los más bellos y poderosos los siete arcángeles: Miguel, Rafael, Gabriel, Uriel, Raguel, Sariel y Remiel. Podemos ver esta reminiscencia en el Valaquenta, : “A los Grandes de estos espíritus los Elfos llaman Valar […] Los Señores de los Valar son siete […] son éstos en debido orden: Manwë, Ulmo, Aulë, Oromë, Mandos, Lórien y Tulkas

Al igual que la tradición bíblica, el Ainulindalë cuenta la historia de una rebelión hacia el creador. Lucifer, el ángel más hermoso de todos los creados, sintió envidia de Dios y se alzó contra su señor. Su soberbia le hizo vagar por la tierra, convirtiéndose en un ángel caído. En el universo de Tolkien, el valar más poderoso y bello era Melkor (llamado Morgoth por los elfos): “A Melkor, entre los Ainur, le habían sido dados los más grandes dones de sus hermanos” que por soberbia, quiso componer una pieza musical más hermosa que Ilúvatar: “Pero la discordancia de Melkor se elevó rugiendo y luchó con él, y una vez más hubo una guerra de sonidos más violenta que antes”.

Sin embargo, nada puede con el infinito poder de Ilúvatar, acabando finalmente derrotado y humillado: “[…] llénose Melkor de vergüenza, de la que nació un rencor secreto”. El destierro de Lucifer del Edén es equiparable a la huída de Melkor hacia el este, perseguido por Manwë como líder de los Valar -siendo esto una reminiscencia de la figura del arcángel Miguel como líder de las milicias celestiales-.

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Como hemos visto, hay claras influencia de la literatura y mitología cristiana en la obra de Tolkien. Lo que se ha expuesto en esta entrada es solo un ejemplo, existen más paralelismos: Ëarendil como la figura mesiánica y redentora de Jesucristo, la maldición del Hado de los Noldor con las profecías de Daniel e Isaías, la existencia de un reino unificado que acabó separándose (Arnor/Gondor y Israel/Judá) y un largo etc. Esto no quiere decir que el Tolkien plasmara sus ideas religiosas de forma consciente, sino que fue heredero de su tiempo y de su contexto cultural.

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